Quisiera martes, 13 de enero de 2009
Quisiera no tener piso.
Que cada parte de mí se fuera por el abismo al que estamos llamados, carne y sangre, sábila y saliva, tímpano dañado, cárcamo y cardamomo. No tener piso y pasar por encima de todo y no tener piso. No tener talento para explicar que soy mujer al vacío que cae y cae por las ranuras de la coladera que soy yo misma al cuadrado. Miro al sol para que cauterice mis ojos: para que me deje ciega. Y miro la frente de quien amo para verificar que no tiene ceniza o tatuajes de religiones perversas. Que cada tamarindo tenga su hueso, que cada corazón apele a su doliente, que cada doctor recete sus cánceres: si estoy cansada de tener piso, que cada quién garantice que no morirá como tarantela o madrigal, como marginal, célula o planta de invierno.
No tener piso: que un abismo me explicara con ternura y pocamadre temas que me interesan seriamente, como el sueño. Que el abismo fuera comprensivo y me inclinara de este lado, del de los vivos, amigos, pizzas, tías, malas, tasas y café: te llamo mañana, te busco en un rato, la manera en que resuelves el cansancio, la tarea que te lleva a amar un mes o dos o un rato, el gato, pato, que se rompa una costilla el que no esté bien parado, el amigo, el solidario, el que no es eso y todo lo contrario: el animador, el aguador, la madre del acomodador de cisnes viejos que ya no existen y yo vi alguna vez y el abismo que habla del sueño.
No tener piso.
Irme de largo hacia abajo: adiós articulaciones, pañuelos desechables, encendedores, temores y (sobre todo) amores. Rémora que soy: viajo en el vientre-madre del último recuerdo feliz.
¿Me llamas para colgarte?
¿Me das de tu saliva?
¿Cómo es que no me necesitas?